La candidatura Zapatista.

Publicado en por Luis Antonio García Chávez

Icónica imagen de una mujer zapatista haciendo frente a un soldado.

Icónica imagen de una mujer zapatista haciendo frente a un soldado.

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, desde su irrupción pública en el escenario político Nacional ha tenido varias características. Una de ellas es su gran capacidad de comunicación y de impactar la agenda política nacional e incluso internacional a través de la creatividad de su narrativa; otra es la manera completamente distinta e innovadora de su actuar político, pues desde su surgimiento rompe con todas las formas tradicionales de las organizaciones de izquierda, fusionando en su actuar las prácticas de algunos grupos de los 70’s, predominantemente maoístas, con la cultura propia de las comunidades y pueblos originarios en donde asentaron sus principales centros de influencia, aunando además a ello, la importante participación en la zona de las comunidades eclesiales de base, muchas de ellas influidas por la teología de la liberación; en este actuar distinto, el EZLN no se alinea a la reciente participación de las izquierdas en los procesos electorales, ni pretende, en su primera etapa, tener una participación en el insipiente sistema “democrático” mexicano.

Pero tampoco  el zapatismo es una guerrilla convencional. Para entender lo anterior es muy importante atender a su propia evolución. Si seguimos la Primera Declaración de la Selva Lacandona, el llamado del zapatismo al pueblo mexicano era al levantamiento en armas, a la toma del poder y a derrocar al gobierno, vamos, un comunicado de un grupo armado beligerante que buscaba derrocar al gobierno e instaurar uno distinto. Sin embargo, la reacción de la mayoría del pueblo de México fue la búsqueda de la paz. Millones de mexicanas y mexicanos se movilizaron para, por un lado exigir al gobierno de Salinas un alto a la guerra de exterminio, mientras por otro, solicitaban al EZLN la deposición de las armas.

Así, el zapatismo tuvo que adecuar el discurso y de aquel primer llamado a tomar el poder y cambiar el gobierno se fue llegando a la defensa de los pueblos y la cultura indígena y al desarrollo de una nueva cosmovisión altermundista. La construcción de un mundo en el que quepan todos los mundos. Y se pasó de la guerrilla armada que buscaba la derrota militar del enemigo a la guerrilla de la palabra que buscaba principalmente la derrota política y cultural del régimen.

En pocas palabras, el modelo Zapatista es un modelo propio, creativo e innovador que desarrolla sus mecanismos y formas de lucha, con mayor o menor éxito, pero al cual no podemos estudiar en el marco de los modelos tradicionales del actuar de los diferentes tipos de izquierdas. En estas innovaciones es importante recalcar que, probablemente, el zapatismo  es el primer movimiento Anti Neoliberal en el mundo (aquellos que fueron llamados globalifóbicos) y que denunció los efectos previsibles de este modelo económico en un momento que la confusión  generada por la caída de la URSS no encontraba alternativas para combatir al sistema. De cierta manera son herederos de este movimiento, en mayor o menor medida, las luchas posteriores que van desde las cumbres alternativas a la OMC en Seattle 2001 y Cancún 2003, la guerra del gas de Bolivia, los indignignados, el movimiento de 99% y muchos otros más.

En el curso de los años, el zapatismo se fue distanciando cada vez más de las izquierdas electorales, si bien nunca participó con ellas en las elecciones, de un momento inicial en que les concedía el beneficio de la duda, fue dando paso a una desconfianza cada vez mayor, hasta llegar de plano a su descalificación absoluta. El proceso es entendible, pues, en muchos casos, los gobiernos y legisladores emanados de los partidos de izquierda han tenido muy pocas diferencias en su actuar con el de los gobiernos neoliberales, esos a los que el zapatismo nació combatiendo. Muchas veces, los legisladores de las izquierdas han aprobado las mismas reformas y leyes lesivas para el país, al lado de los legisladores de derecha. Y muchos gobiernos emanados también de las izquierdas electorales no han tenido un actuar diametralmente distinto al de sus antecesores. En cierta manera, los partidos de izquierda se han convertido en parte de la clase política, una especie de gran familia, donde puede haber diferencias pero, al parecer, también ya existe integración.

Como parte de ese timing político que el EZLN siempre ha demostrado, tienen la costumbre de reactivar su presencia mediática en la cercanía de las elecciones presidenciales. Esto, para muchos amantes de las teorías del complot les hace dudar de los motivos por los cuáles lo hacen. Sin embargo, a veces la explicación más sencilla tiende a ser la más realista. Vivimos en un país profundamente presidencialista. Así que todo lo que pasa en tiempos electorales, sobre todo en donde se define la presidencia de la República, tiene una mayor trascendencia y adquiere resonancia nacional. Visto así, no resulta extraño, para aquellos que han demostrado tener una particular maestría en la comunicación política, que empleen los momentos en que dicha comunicación puede ser más eficaz para posicionar su agenda y apostar al crecimiento de su proyecto político.

Pero particularmente el EZLN fue condenado, por un sector importante de la izquierda electoral, en dos momentos precisos. El primero, en el marco de las elecciones presidenciales de 2006 en donde lanzó el llamado a “la Otra Campaña”. Un proceso en paralelo al electoral constitucional en donde el zapatismo metía a todos los candidatos de la competición en un mismo costal, haciendo particularmente una serie de críticas muy fuertes al PRD y a su candidato Andrés Manuel López Obrador quien, en ese momento era, por mucho, el puntero en las preferencias electorales.

Allí, muchos compañeros acusaron al zapatismo de hacerle el juego a la derecha y restar puntos al aspirante de las izquierdas con lo que, según su análisis, se favoreció que se redujera el margen electoral del obradorismo, elemento que, al final, para ellos, ayudó a que se pudiera operar el fraude electoral en contra de Obrador.

Poco importó a quienes en ese momento dirigían la campaña de Andrés Manuel el que la mayoría de las críticas esgrimidas por el zapatismo fueran ciertas, y mucho menos hacer una autocrítica pública, tratar de corregir algunos de los elementos que dificultaban el acercamiento y buscar un llamado a la unidad. Es importante aquí precisar que la unidad no se debe entender como la suma acrítica de los proyectos minoritarios al mayoritario. La unidad real, generalmente se logra cuando el proyecto mayoritario es capaz de ser humilde y generoso e incorporar a su programa los elementos que permitan sumar a las fuerzas que no se sientan incluidas. Estas características nunca han sido parte de la forma de actuar político obradorista. Aun así, para muchos de sus seguidores, el EZLN debía sumarse sin más y de no hacerlo, favorecía a la derecha.

La última etapa  de crítica y confrontación entre la izquierda electoral, sobre todo la encabezada por AMLO y el zapatismo, la vivimos en estos momentos, cuando el zapatismo ha decidido, en el marco de la posibilidad de registrar candidaturas independientes que compitan por la Presidencia de la República, después de un proceso de reflexión en el Congreso Nacional Indígena, lanzar la propuesta de una Candidata Independiente Indígena.

Esto ha desatado la mayor de las furias por parte de sectores del obradorismo que acusan al zapatismo de traidor. El argumento de ellos es que nuevamente sale a la luz con una propuesta distinta que a quien puede restar votos es a la izquierda, no a la derecha, y que lo hace, de nuevo, cuando Andrés Manuel aparece muy arriba en las encuestas y lo consideran prácticamente imparable.

Existe una visión nada disimulada en los sectores más “obradoristas” de MORENA que considera obligatorio para todos los sectores de la sociedad, sobre todo los que nos reivindicamos de izquierda, sin más, sumarnos a Andrés Manuel o, de lo contrario, somos traidores que trabajamos en favor de la derecha.

Por otro lado, también es real que la candidatura zapatista cuenta con muy pocas, tal vez nulas, posibilidades de ganar en los comicios, así que su utilidad sería más bien para posicionar una agenda que no trae ninguna de las otras candidaturas, así como para reorganizar y agrupar a sus fuerzas. ¿Es esto legítimo?, ¿Se puede competir electoralmente aún a sabiendas que no se ganará, con la única finalidad de posicionar una agenda política y acuerpar fuerza en la sociedad?

Por supuesto que sí. De hecho, las primeras fuerzas de izquierda que aventuraron en el terreno electoral lo hicieron justo en estos términos y, poco a poco, fueron abriendo una brecha que les dio competitividad.

Así pues, creo que la tarea de hoy, más que acusar traiciones o descalificar, es la reflexión política.

Por parte del zapatismo deberán valorar si es más importante posicionar la agenda que ayudar a una posibilidad real de triunfo de un sector de las izquierdas.

Por parte de Andrés Manuel, la reflexión es más profunda aún. El deberá considerar si, para incorporar a fuerzas como el zapatismo, no tendría que hacer una profunda autocrítica que les genere confianza e incorporar a su programa sus demandas históricas de modo que puedan sentirse representados en él. Por supuesto que, para lo anterior, es una pésima señal la incorporación de Esteban Moctezuma (ex Secretario de Gobernación de Zedillo que tendió una celada a la comandancia zapatista en pleno proceso de negociación) a su primer círculo. Creo que no es la mejor forma de pretender sumarlos, pero si no se suman, a pesar de este tipo de decisiones, seguramente los llamarán traidores.

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